Por Alexander Abigail Curtidor Lemus (MC Buffón)
El Día Internacional de la Juventud, que conmemora este 12 de agosto, suele estar lleno de discursos sobre nuestro papel en la sociedad. Nos dicen que somos “el futuro” y “la esperanza”, pero muchas veces esas palabras se quedan en frases vacías. Para quienes crecimos en aldeas, cantones y caseríos, sabemos que no basta con celebrar un día: necesitamos acciones reales, espacios seguros y oportunidades para expresarnos sin miedo. Y en mi caso, el hip hop ha sido ese espacio pero también mi herramienta para abrir los ojos y ayudar a otros a hacerlo.
El hip hop no nació como entretenimiento vacío. Surgió en la década de 1970 en el barrio del Bronx, Nueva York, como una respuesta cultural a la marginación económica, el racismo estructural y la violencia policial que golpeaban a comunidades afroamericanas y latinas. El rap, el breakdance, el grafiti y el DJ fueron formas de una cultura que buscaba visibilizar injusticias, cuestionar jerarquías y organizar a la comunidad (Chang, 2005). Desde entonces, ha sido una corriente de expresión profundamente ligada a las juventudes, algo que no es casualidad: la juventud siempre ha tenido la energía y la rebeldía para desafiar al poder.
En América Latina, el hip hop ha sido criminalizado. Se nos ha señalado por la forma de vestir, por tener tatuajes, por usar el espacio público para rapear o pintar murales. Se nos ha etiquetado como delincuentes y, con esos prejuicios, nos han querido arrinconar hasta que algunos terminan en círculos de violencia como única salida. En países como México, Brasil y Colombia, el rap ha denunciado desapariciones forzadas, abusos policiales y desigualdad social. En Guatemala, colectivos como Bacteria Sound System Crew o artistas como Rebeca Lane han usado el rap como vehículo para hablar de racismo, patriarcado y violencia estatal, siempre con una postura política que incomoda a quienes ejercen el poder.
Yo soy de Palencia, de la aldea Potrero Grande. Tengo 20 años, estudio Ingeniería en Sistemas y trabajo. Pero mi verdadera pasión es el freestyle y el rap. Ser freestyler, para mí, es más que un juego de rimas: es un ejercicio mental que merece reconocimiento. Me da la oportunidad de crecer, de enfocar mi tiempo y de convertir las inconformidades que me han acompañado desde niño en letras que hablen por muchos.
Soñar siendo joven en Palencia no es sencillo. Entre prejuicios, mentalidades cerradas, falta de recursos y la indiferencia de quienes deberían invertir en nuestro desarrollo, parece que aspirar a algo más que sobrevivir es un lujo. Cuando empecé a tirar rimas, el rap estaba en auge. Ahí entendí que podía usar mi voz no solo para entretener, sino para decir lo que otros callaban. Descubrí que me fluye más cuando hablo de política, porque es ahí donde está la raíz de muchos problemas que vivimos en nuestras aldeas y municipios.
Mi mensaje siempre ha sido directo: hay que abrir los ojos, cuestionar lo que nos dicen y dejar de normalizar discursos y acciones corruptas. No podemos quedarnos callados mientras quienes ejercen el poder administran nuestros territorios como si fueran fincas privadas. Y por eso me preocupa ver cómo, a veces, el hip hop se usa como herramienta de marketing político: lo convierten en un decorado para atraer a las juventudes, sin tocar las causas de nuestra exclusión. Lo peor es que muchas veces son las mismas autoridades que antes enviaron policías a desalojarnos de plazas, cerraron espacios culturales o nos llamaron delincuentes.
El hip hop no nació para eso. No es para servir de alfombra ni para halagar a quienes ejercen el poder. Nació para confrontarlos, para decirles en la cara lo que nadie más se atreve a decir, para recordarles que la calle también tiene memoria y que nuestras voces no se compran con un evento o una foto.
En este Día Internacional de la Juventud, mi compromiso no es solo con mi música, sino con mi generación. Porque si el hip hop pierde su filo político y deja de incomodar, dejará de ser la voz que nos ha sostenido. Mientras yo siga rimando, será para exigir dignidad, para educar, para abrir espacios de diálogo donde las juventudes podamos hablar y proponer sin miedo.
El hip hop es para confrontar al poder y no para halagar a quienes lo ejercen. Esa es mi bandera, y no pienso bajarla.
Referencias
- Chang, J. (2005). Can’t stop, won’t stop: A history of the hip-hop generation. New York: St. Martin’s Press.




