Atreverse a soñar en esta época: Conciencia de la tragedia, negación de la imposibilidad

Por Sergio Palencia*

Vivimos un momento de la historia donde nos cuesta hablar de nuestros sueños. Mark Fisher, crítico cinematográfico y musical, le llamó el “realismo capitalista”[1], allí donde la posibilidad de imaginar otra sociedad se presenta como imposible. Poco se discute qué es lo que nos mueve para creer en el cambio radical de la sociedad. No es para menos, apenas cuarenta años atrás la generación que nos antecedió aún definía la política revolucionaria como algo objetivo, se podía pensar en grandes cambios sociales. Uno podía escoger entre diversos movimientos – anticoloniales en África, revolucionarios en Latinoamérica, comunales y barriales como las Panteras Negras – para citar lo objetivo de un cambio en el mundo. La transformación de las revoluciones en burocracias administradoras, como los genocidios, terminaron por hacer creer que el sueño por un mundo mejor es cosa del pasado. El inteligente es aquel que no habla de sus sueños.

Hoy en día no estamos en las mismas condiciones, el peso del holocausto palestino por el Estado de Israel nos muestra cuán impotentes somos antes las guerras del sistema de los Estados-nación en el mundo. Luego vemos que India y Pakistán entran en guerra, lo mismo que Tailandia y Cambodia, en México el morenismo silencia la crítica al narco a cambio de gobernabilidad. Por eso, hablar de sueños y motivaciones internas pareciera algo fuera de contacto con la realidad, sin un horizonte al que se pueda decir: “sí, por aquí va el camino”.

Sin embargo, estar conscientes de la posibilidad de un sueño, nombrarlo incluso, ya es apostar por una política que da el primer paso al vacío, en el aire, en un salto de fe. El filósofo Ernst Bloch sitúo al sueño como potencial humano de transformar la realidad[2], el sueño en el vientre del mundo.

Definimos nuestro sueño como un acto revolucionario por sí mismo. Sí, aunque parezca loco y no esté enterado que conseguir un trabajo o sostenerlo, precisamente va contra la actitud de quien hace de los sueños, los ideales por una sociedad más justa, un bastión de su propia vida. Aún así, contra la lógica de lo concreto y de su más recóndita abstracción bajo la ley del valor, afirmar el sueño es negarle la primacía a la realidad de poder definir los rumbos abiertos hacia los cuales podemos apuntar.

No es casualidad que en la poseía del poeta palestino Mosab Abu Toha la pesadilla de la matanza se repita infinitamente y el sueño, por su parte, apunte a la memoria familiar del abuelo[3]. Sueño y consciencia política de la tragedia en el presente van de la mano, no pueden separarse pues implican afirmar que no podemos quedarnos con un mundo dictado por el poder. Se lo debemos a los vivos y a nuestros muertos, esto lo sabemos en Guatemala.

La misma academia está tristemente atravesada por el sentido común de lo dado: “no hables de los sueños, háblame de cómo te relacionas con la realidad, la objetividad, el método, el silencio de tu propia voz”. Método significa “el camino-correcto”, pero ¿quién lo dicta o lo define? Del otro lado del método siempre está el deseo y la disputa política. Reducir nuestras expectativas por la vida humana a las exigencias de la academia puede terminar por cercenar lo más preciado en la intelectualidad crítica: la capacidad de relacionarse activamente con la realidad, algo que significa verla como objeto que destila el sujeto latente. Hacernos conscientes del sueño-del-mundo no lleva al distanciamiento de la realidad y de la historia, por el contrario, aprender a nombrarnos como deseo desde las condiciones que buscamos comprender y transformar. El sueño que rompe el silencio posibilita el grito histórico y enfila la vela hacia el viento inesperado, sorpresivo.

El destello de la ciencia crítica humana surge cuando logra conectar lo desbaratado por el fetiche – el monstruo del destino del mundo como es – y, al hacerlo visible, lo mueve hacia el área de su crisis. Los sueños por la humanidad liberada desde la particularidad conllevan aprender a reconocer y afirmar nuestros sueños pese y contrario a la norma de la política posible. Vivimos, pues, un momento histórico donde la ciencia de la humanidad crítica deberá remover más que consolidar, destapar en lugar de definir, solidarizar en lugar de objetivizar. Nombrar el sueño del mundo, desde las condiciones abiertas en nuestro pecho hoy en día, implica acercarse a la historia como un ritual en el cual nos damos cuenta de que hemos sido esperados. Relacionarnos íntima y colectivamente con el sueño en el vientre del mundo puede significar hablarle al presente de los fantasmas que habitan su memoria como, también, decirle al futuro que algo radicalmente distinto es posible.

* Profesor-investigador del departamento de antropología, Universidad de William and Mary.

[1] Mark Fisher, Capitalist Realism. Is There No Alternative? (Lanham: Zero Books, 2009).

[2] Ernst Bloch, El principio esperanza, vol. 1–3 (Madrid: Editorial Trotta, S.A., 2007).

[3] Mosab Abu Toha, Forest of Noise (Alfred A. Knopf, 2024).